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¡Atrévete a hablar con tus hijos! |
Hemos oído varias veces decir: “Para todo se estudia, menos para aquello que pone en juego la felicidad de nuestra familia: ser padres”. Los hijos de nuestros días exigen padres preparados y de tiempo completo.
Recordemos que todos los seres humanos somos únicos e irrepetibles. Y, por lo mismo, un hijo no es igual al otro. Hay que observar, estudiar y conocer a cada uno de ellos.
Muchos padres desean, erróneamente, que todos los hijos sean iguales: quietos, estudiosos, cariñosos, deportistas. Pero Dios nos ha dado a cada uno determinadas habilidades o dones que hay que descubrir y explotar. Así poder exigir a cada uno de ellos según sus alcances y limitaciones.
Por otro lado, a los padres se nos olvida que somos humanos con errores y aciertos, con defectos y virtudes, con limitaciones, sentimientos, en una palabra, somos personas, no dioses.
Qué hermoso sería que nuestros hijos nos vean como se ve y acepta a un amigo y que digan: “Mis papás tienen errores como todos, pero los quiero así como son”. Es lógico que a nuestros hijos les gusta que sus padres sean personas, no dioses. Mucho menos, actores que están representando un papel pretendiendo ser algo que no son.
También, no olvidemos que las palabras no educan, sino más bien las actitudes que los hijos observan a diario. Es decir, enseña más lo que hacemos que lo que decimos. Por esto, es importante ser congruentes entre lo que decimos y lo que hacemos.
La comunicación conyugal es un factor necesario dentro de la comunicación familiar. Si la primera marcha bien, la segunda correrá sin tropiezos.
Comunicación con los hijos según su edad.
Para poder educar y comunicarse correctamente con cada uno de nuestros hijos conviene distinguir las características de cada uno, dependiendo en primer lugar de su edad, ya que las necesidades y manera de pensar serán diferentes.
Primera etapa, (0-5 años): Que podríamos llamar preescolar, se están colocando los cimientos de todo el edificio; toda la información y vivencias del niño quedarán fuertemente grabadas como impresiones dotadas de carga emocional y afectiva, más que racional. En esta etapa es importante:
* Aceptarlo con amor, desde antes de nacer, y al nacer, sin rechazar su sexo ni sus capacidades individuales.
* Comprender y aceptar sus sentimientos, y ayudarlo a irlos controlando en forma creciente.
* Iniciar suave y tolerante formación de horarios desde la cuna, ya que facilitará la adquisición posterior de hábitos de orden y templanza.
* Estimular y dirigir su curiosidad natural, por medio de juegos, paseos, espectáculos en donde esté recibiendo mensajes positivos. ¡Cuidado con la televisión!, ya que el niño capta sin razonar.
* Premiar y felicitar, reconocer y alentar sus acciones positivas, que él escuche cuando hablamos con otras personas, pero sin inventar.
* Valorar y respetar sus opiniones ubicándolas en su edad, y ajustando o corrigiendo sus juicios erróneos con suavidad y sin menosprecio o burla.
* Responder todas sus preguntas con veracidad y de acuerdo a su capacidad de comprensión.
* Poner con firmeza, constancia y amor, límites razonables a su conducta y facilitarle las “reglas del juego”; cuando falte a las reglas, corregir y reconvenir, pero sin calificar negativamente a su persona (“eres malo, desobediente, burro”, etc.).
* Si necesitamos privarlo de un bien deleitable, no ceder ante expresiones de tristeza, rabia o llanto.
* Irle dando responsabilidades dependiendo de su edad; acomodo de juguetes, cajones, cuidado de una mascota, planta. etc.
* En todas las etapas es importante lo que los padres hacen y no lo que predican; el niño capta por amor e imitación de aquellos a quienes admira.
Segunda etapa, (6-11/12 años): Todas las consideraciones anotadas para la primera etapa, siguen siendo válidas, con la lógica adecuación de mayor capacidad racional para entender explicaciones más amplias y profundas. También se les debe fomentar el trabajo en equipo y virtudes como: responsabilidad, solidaridad, generosidad, humildad, fortaleza, justicia, templanza.
Tercera etapa, (13-18/20 años): En esta etapa debemos conocer las características del adolescente: menos abierto, menos receptivo, búsqueda de la independencia, identificación con otros patrones de conducta, edad de los enamoramientos, busca al amigo íntimo que no lo critique, susceptible, busca sobresalir y ser mejor que sus padres, le gusta que le den confianza y seguridad. La mujer adopta actitud de coquetería y el hombre de jactancia.
Algunos problemas de comunicación que pueden surgir entre padres e hijos
Ordenando, dirigiendo, mandando. “No me importa lo que quieras hacer, entra a la casa en este instante“, “deja de molestar”, “no toques”, etc. Todos estos tipos de mensajes dicen a los hijos que sus sentimientos o necesidades no son importantes, no valen y que se deben conformar.
Producen temor, resentimiento, hostilidad.
Advirtiendo, amonestando, amenazando. “Si haces eso te pasará...”, “si no dejas de jugar a eso te pegaré”, etc. Estos mensajes pueden hacer que el hijo sienta miedo y se someta, pero también invitan a hacerlo para tantear a sus padres, si son capaces de cumplir las amenazas.
Exhortando, moralizando, sermoneando. “Deberías”, “tendrías”, etc. Tales mensajes hacen que se practique en el hijo el poder de la autoridad, del deber, de la obligación y éste puede responder con resistencia, defendiendo su postura con terquedad. Además, el hijo piensa que su padre no confía en él, provocando sentimientos de culpa.
Aconsejando, proporcionando sugerencias o soluciones. “Tu madre y yo sabemos qué es lo mejor para ti”. Estos mensajes con frecuencia hacen que el hijo piense que el padre no tiene confianza en el juicio o capacidad de él, puede ocasionar dependencia, o resistencia a todo lo que sus padres le digan.
Juzgando, criticando, culpando. “Es que tú tienes la culpa; si hubieras...” Estos mensajes son sumamente graves, hacen que los hijos se sientan inferiores, estúpidos, sin ningún valor, malos, baja su propia estima etc. (“escuché tantas veces que era malo, que lo empecé a creer”, “si se lo digo me criticará”). Además, siempre se pondrán a la defensiva para protegerse, sentirán que no son amados, y llegarán a sentir odio por sus padres.
Poniendo apodos, ridiculizando, avergonzando. “¡Mira qué sombras te pusiste en los ojos, te ves ridícula, pareces vampiro... o mujer de la calle!”, “¡Pareces vieja con esa greñas!”, etc. Dichos mensajes pueden tener un efecto devastador en la imagen que tiene de sí mismo. Pueden hacer que el hijo se sienta sin valor, malo, que no lo aman, y la respuesta más frecuente de los chicos hacia esos mensajes es la devolución del golpe (“este viejo ridículo, anticuado no se ha visto en el espejo”). Estos mensajes, que tratan de influir en el hijo, tienen menos posibilidades de hacerlo cambiar.
Elogiando, estando de acuerdo en todo. Contrario a lo que se puede suponer acerca de lo elogios, cuando éstos son excesivos o no muy sinceros, pueden tener efectos negativos, sobre todo cuando el hijo no está muy de acuerdo con la idea que tiene de sí mismo, puede originar hostilidad. “no soy bonita, soy horrible”, “no jugué bien, fui un tonto”, etc.. El hijo piensa que se le quiere manipular, para que haga lo que sus padres quieren “sólo lo dices para que estudie más”. Además, en ocasiones se sienten avergonzados, incómodos, especialmente cuando están con sus amigos “¡Oh, papá, eso no es verdad!”. Por el otro lado pueden llegar a ser egoístas, soberbios, ególatras.
Otros mensajes que pueden ser negativos: Como interpretar: “no tienes cita con esos chicos porque eres demasiado penosa”, interrogar “¿te lavaste las manos como te dije?”, preguntar “¿cuánto tiempo estudiaste?”. |