Educación y valores: desafíos para el nuevo milenio
Texto: Verónica Luisi Frinco
Profesora Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación y profesora Universidad Católica de Chile.
Este documento aborda el desafío que plantea a la educación la crisis moral en que se encuentra sumida la sociedad contemporánea. Movida por los imperativos intrínsecos del desarrollo tecnológico, el hombre, como un pequeño dios, parece dominado por un impulso incontenible de trastocar el orden de la naturaleza: interviene en los ciclos de la vida, fuerza a una tierra a nutrir las producciones de otra, a un árbol a llevar los frutos de otro, a una célula a transformarse en clon del animal original.
En el presente siglo este poderío ha recaído sobre el propio ser humano, producto del portentoso desarrollo de la medicina, la ingeniería genética y la biotecnología en general, que, superando lo imaginable, ensaya la transformación de los procesos naturales de su gestación, vida y muerte.
Conforme a esta crisis el hombre se presenta como un ser despojado de la forma que le corresponde por naturaleza. Cambia el sentido de los valores a su capricho, incluido el propio ser humano; también a él quiere contornearlo a su modo, como a un árbol de su jardín. En este contexto cobran más fuerza que nunca las patéticas palabras con que Rousseau abre el Emilio, su obra capital acerca de la educación: “Todo es perfecto al salir de las manos del hacedor de todas las cosas; todo degenera entre las manos del hombre”.
Aunque las cosas llevan impresas en su modo de ser una intencionalidad determinada —la que grabó en ellas su Creador—, éstas parecen lograr en manos del hombre tal independencia de su origen que pueden ser usadas con un fin completamente diferente al original, e incluso volverse contra el hombre y hacerse cómplices de su esclavitud y sometimiento espiritual.
Ahora bien, para que el hombre pueda orientarse en medio de esta crisis, para que pueda reconocerla y ponerse en condiciones de dar un viraje a su existencia con vista a un crecimiento íntegro y con sentido verdaderamente humano, forjado en armonía con la naturaleza y con los otros hombres, la tarea fundamental e ineludible es la formación moral.
En seguida nos proponemos mostrar cómo la educación es, en su más profundo sentido, formación moral y, por tanto, que el desarrollo de las virtudes humanas y de los valores superiores es el objetivo central que ha de orientar la enseñanza, el diseño del currículum, la selección de las metodologías, de las tecnologías y, en suma, de todos los demás componentes y objetivos del proceso educativo.
El concepto de educación en santo Tomás de Aquino
Para el desarrollo de este trabajo podemos apoyarnos en el profundo concepto de educación que nos ofrece Tomás de Aquino: “conducción y promoción de la prole al estado perfecto del hombre en cuanto hombre que es el estado de virtud”. En primer lugar, se determina la educación como conducción para diferenciarla de un despliegue espontáneo y solitario, pues la conducción implica necesariamente un proceso al que se imprime una dirección y sentido de modo intencional. En seguida la definición añade al concepto de conducción el de promoción. Mediante tal determinación se enriquece la anterior con el matiz de un cierto ascenso o elevación; se subraya la dirección ascendente y de superación que ha de tener el proceso educativo.
Sin embargo, el término promoción envuelve otra idea, quizá más importante todavía: señala que este proceso ascendente que es la educación (“pro”) debe tomar su dirección de un “movimiento” previo (“moción”), anterior a los designios del educador y a su voluntad, que es el que arranca del ser mismo, único e irrepetible, del propio educando (“prole”), de su singular talento y temperamento, de sus personales aptitudes e inclinaciones, de su vocación originaria e insustituible. El respeto a este principio precisamente es el que marcará la diferencia entre una educación en la autenticidad o en el artificio del disimulo y la impersonalidad.
De acuerdo a este concepto la educación es concebida como una cierta prolongación de ese acto primero y siempre sorprendente, misterioso, que es la generación de un ser vivo; no se confunde con el acto generador, pero viene a complementar y perfeccionar ese movimiento original. La educación, entonces, está lejos de dar el ser al educando, antes bien, lo supone ya esencialmente constituido. No obstante, su acción puede ser entendida como una segunda generación, en cuanto que ordena al hombre a un estado perfectivo, que de ningún modo alcanzaría sin su mediación. La pregunta que surge de inmediato en este punto es el por qué de este peculiar fenómeno. En los demás seres vivos no hace falta la educación: el acto generador conlleva cuanto se requiere para que el animal alcance la perfección que le corresponde por naturaleza. En sentido estricto, únicamente el hombre tiene necesidad de la educación para llegar a ser lo que es. La causa de esto es la libertad. A continuación pasamos a explicar cómo se entiende esto.
La misión de la educación es ayudar al niño, encaminarlo hacia aquello que Tomás de Aquino llama “estado perfecto de hombre en cuanto hombre”, es decir, el estado que en tanto hombre le corresponde. Para lograr este estado y conservarlo, el ser humano ha de estar ininterrumpidamente actuando su ser, operando su esencia, y hacerlo conforme a lo que él es, es decir en cuanto a su naturaleza le conviene. Y ello, porque mediante dicho operar alcanza la plenitud de su ser. Ahora bien, visto un poco más cuidadosamente este “hacer” se nos muestra como un “estar haciéndo-se”, claro que es un estar haciéndo-se de modo relativo y no absoluto, es decir, en el orden posterior del accidente y no en el orden primario de la substancia. Puesto que todo hacer u operar, lo es de un sujeto y, en consecuencia, supone al ente ya constituido.
Es preciso observar que el “estar haciéndo-se” pertenece exclusivamente al hombre, ya que los animales son dirigidos por sus instintos correctamente al fin que les conviene. El hombre, en cambio, está dotado de libre albedrío, y puede fallar en esta vital misión. La necesidad física de poner los actos necesarios para la perfección de su ser se convierten en necesidad moral, en obligación, esto es, en algo que debe ser hecho, pero que puede no serlo. De ahí que el educador debe ayudar al educando, a que éste por sí mismo realice su ser y coopere en su formación de hombre libre, y así evite el extravío de su ser.
De hecho, el ser humano puede operar en disconformidad con lo que es, desvirtuando su existencia. De ello, justamente, nace la necesidad y la posibilidad de esa especial conducción y promoción en que consiste la educación. El carácter de necesario que aquí se menciona, no es el de una dirección determinada, por la cual el agente de la educación, sea víctima de una ilusión, por la que se crea libre al dar a su actividad la orientación que efectivamente le propone, pero que de hecho, nunca pudiera proponerle otra . La necesidad a la que aquí se alude es de tipo moral, pues otra cualquiera suprimiría de raíz la libertad del educador.
Aprovecho este punto para hacer ver cómo la educación no admite ser reducida a una visión técnica o tecnológica, no sólo porque sus resultados, en virtud de la naturaleza libre del educando, sean impredecibles, sino ante todo porque la técnica persigue el bien y perfección de las cosas que el hombre produce; en cambio, la educación persigue el bien y perfección del hombre como tal. De esto se sigue que la educación jamás debe limitarse a un desarrollo parcial del sujeto humano, a su perfeccionamiento como trabajador o consumidor por Ej., sino a su desarrollo integral. Esto no quiere decir que la especialización esté excluida de la verdadera educación: no la incluye como fin sino como medio —y medio necesario para su verdadero fin.
Las virtudes morales e intelectuales como fines de la educación
Pasamos ahora a considerar la parte final de la definición de educación, que nos inserta de inmediato en el plano axiológico. En efecto, Santo Tomás determina este “estado perfecto de hombre en cuanto hombre”, al que no hemos estado refiriendo, como un estado de virtud. Ello nos remite a las facultades espirituales propias del hombre, esto es, al entendimiento y a la voluntad.
La voluntad, en efecto, es la perfección sobreañadida que requieren algunas potencias operativas para determinarse a los actos que le son propios y llevarlos a cabo perfectamente. Pero, como enseña Santo Tomás, únicamente las potencias racionales están en este caso: las demás potencias, como es el caso de las naturales, están por sí mismas determinadas a sus actos y, por tanto, estas potencias naturales se denominan en sí mismas virtudes.
Las racionales, en cambio, no están determinadas por naturaleza en cuanto a su objeto, sino que son abiertas a muchos. De ahí que el ser humano para alcanzar su plenitud dinámica y realizar las operaciones adecuadas a su naturaleza, tenga que hacerlo mediante la adquisición de los hábitos perfectivos del entendimiento y la voluntad, es decir, de las virtudes intelectuales y morales, que disponen a las respectivas potencias para el ejercicio de sus operaciones propias.
El estado de virtud se nos muestra entonces, como una perfección integral, pero “intermedia” entre la perfección substancial que el ser humano adquiere por la generación, y la perfección mayor que está llamado a alcanzar por sus operaciones propias: a saber, la felicidad.
Antes de continuar con el análisis del estado de virtud, quisiéramos referirnos brevemente al concepto que acaba de aparecer: felicidad. Así como algunos definen al hombre como un ser para la muerte, nosotros podríamos decir, con Aristóteles, que es más bien un ser para la felicidad.
La aspiración a la felicidad define al hombre por su fin, y el hombre queda así definido como un ser que aspira a lo absoluto. Lo propiamente humano es la aspiración universal a la felicidad; así como la apertura a lo absoluto es lo más humano que hay en ese ser “cruzado de miseria y esplendor que cada uno somos”. Hasta tal punto es así, que la negación de la aspiración a la felicidad conlleva la negación de la propia naturaleza humana.
Ahora bien, si entendemos la felicidad de este modo, como fin último del hombre; es claro que excede lejos a los fines y posibilidades de la educación. La educación no tiene como fin propio el procurar la absoluta realización del hombre, es decir, la felicidad, sino únicamente que sea perfecta su potencia para llevarla a cabo.
Con otras palabras, el educador no debe pretender que su actividad procure directamente la felicidad a sus educandos, sino suministrar los recursos que permitan lograrla. Sin embargo, con esto no se niega que la felicidad pueda y deba relacionarse con la educación, pues ésta es el umbral de aquélla, de tal modo que una buena educación posibilitará la felicidad”.
El fin propio de la educación es, como decíamos hace poco, el estado de virtud. En lo que sigue nos proponemos profundizar este concepto, defendiendo, con Tomás de Aquino, la siguiente tesis: que el fin de la educación estriba de un modo principal en las virtudes morales y que no le basta al hombre la mera posesión de la virtudes intelectuales. La virtud moral tiene mayor perfección dinámica, debido a que se asienta sobre la voluntad humana, la cual constituye a su vez, el más profundo poder activo de todas las potencias que están sometidas al arbitrio humano.
Creo que este trabajo se comprende muy bien a partir del siguiente texto, tomado del comentario del Aquinate a un capítulo de la Ética nicomaquea de Aristóteles: “Decimos que alguien es bueno o malo no por la potencia, sino por el acto (...), o sea, no por poder obrar bien, sino porque obra bien; pero de que el hombre sea perfecto según el entendimiento, lo que resulta es que es capaz de obrar bien, no que efectivamente lo haga. Como el que tiene el hábito de la gramática por eso mismo está capacitado para hablar correctamente; mas para que hable correctamente es preciso que quiera hacerlo, porque el hábito es aquello por lo cual alguien actúa cuando quiere (...). Por ello es manifiesto que una buena voluntad hace al hombre obrar bien según cualquier potencia o hábito obediente a la razón. Y por esto alguien es llamado, sin restricción, hombre bueno: por el hecho de tener una buena voluntad. En cambio, por tener una buena inteligencia no se dice que es hombre bueno de una manera absoluta, sino en un sentido parcial: por Ej., buen gramático o buen músico”.
El que tiene buena voluntad, o sea, una voluntad perfeccionada por las virtudes morales, no siempre está actuando, mas siempre que actúa, actúa bien, es decir, según lo que es. “Así el bien absoluto del hombre se considera en la acción buena, o en el buen uso de las cosas que se tienen. Mas como usamos de todas las cosas por la voluntad, resulta que por la buena voluntad, gracias a la cual el hombre usa bien las cosas que posee, se llama bueno; y por la mala, malo”.
De lo dicho no se sigue, empero, que la virtud intelectual quede fuera de la educación. Ante todo, porque ello frustraría a la propia virtud moral. En efecto, explica Santo Tomás que la inclinación natural de dicha virtud al bien se vuelve tanto más peligrosa, cuanto más perfecta es, “si no va acompañada de la recta razón, gracias a la cual se hace la recta elección de las cosas que convienen al debido fin, tal como un caballo, si es ciego tanto más fuertemente choca y se lesiona, cuanto más fuertemente corre. Y por eso es preciso que la virtud moral sea según la recta razón y con la recta razón”.
Del mismo modo que es inconcebible un apetito racional desligado de toda razón, lo es una virtud moral separada de otra intelectual. Por la virtud moral el hombre quiere el bien conforme a la razón, pero, para la producción de la acción virtuosa, necesita hacer una recta elección de los medios correspondientes, y conocer de un modo habitual los primeros principios del orden especulativo y práctico. De ahí que Santo Tomás nos recuerda: “La virtud moral puede existir sin algunas virtudes intelectuales como la sabiduría, la ciencia y el arte, más no sin el intelecto y la prudencia”.
Sin prudencia, en efecto, no puede darse la virtud moral, porque ésta es un hábito electivo, es decir, que determina la buena elección. Y para que la elección sea buena se requieren dos cosas: en primer lugar, que haya una debida intención del fin, y esto se hace por la virtud moral que inclina al apetito a un bien conveniente a la razón, que es el fin debido. En segundo lugar, que el hombre elija rectamente los medios, y ello no es posible sino por la razón que rectamente aconseja, juzga y preceptúa; lo cual pertenece a la prudencia. De ahí que la virtud moral no puede darse sin la prudencia, y en consecuencia tampoco el intelecto, pues por medio de éste se conocen los principios naturalmente evidentes, tanto en las cosas especulativas como en las operativas.
Por otra parte, la recta razón es imposible sin el recto apetito. En el mismo sentido se expresa Aristóteles cuando dice que sólo “el hombre bueno juzga rectamente de todas las cosas, y en cada una de ellas, se le muestra lo verdadero”. La verdad es siempre la misma, es imposible una recta elección de los medios de la verdadera acción que debe realizarse, si el fin es malo. No hay estrictamente hablando medios buenos para fines malos. La verdad del juicio sobre el bien o el mal concreto, la aplicación de los principios prácticos universales a las conclusiones particulares sobre la acción moral, presupone, para no ser desvirtuada por alguna pasión, la recta inclinación de la voluntad, que producen las virtudes morales. “La obra del hombre- enseña Aristóteles- se consuma adecuadamente sólo en conformidad con la prudencia y la virtud moral porque la virtud propone el fin recto y la prudencia los medios conducentes”
A modo de conclusión
La educación tiene una función esencialmente integradora. El hombre es un ente único; y que como ya hemos visto no está determinado por naturaleza, (como los demás entes finitos) a ser lo que es, a operar su ser. Procurar que quiera libremente a hacerlo, es la tarea educativa. Que el poder en el ser humano esté unido al deber, y el operar al ser, es su magna misión. Y no parece haber otra manera de lograrla, que formando en la prudencia, clave del perfeccionamiento integral del hombre en cuanto hombre.
En cuanto al educador las conclusiones a que hemos llegado se constituyen en premisas de su acción y logran su sentido pleno cuando conscientemente actúa de acuerdo con ellas y promueve efectivamente el perfeccionamiento del hombre. Por ello extraeremos algunas consecuencias prácticas que pueden llevarnos en la correcta dirección.
En primer lugar se debe optar positivamente en favor de la educación moral. En la práctica se observa la insuficiencia del mero conocimiento del bien en los innumerables casos de personas que se malogran en su vida profesional, no por la carencia de conocimientos o habilidades, sino por que les falta la sabiduría elemental del trato con las personas o la más simple capacidad de dominarse a sí mismos. A menudo constatamos la ausencia casi absoluta de la formación del carácter y la educación moral. En esto subyace el error de pensar que la instrucción significa por sí sola la moralización del individuo, es decir, que la perfección moral es una consecuencia inmediata y automática de la educación intelectual, y que el desarrollo de las facultades intelectuales en el individuo llevarían por sí solas a la armonía con el orden moral. Fue la gran ilusión del pensamiento Ilustrado, desmentido traumáticamente por las dos guerras mundiales. Por consiguiente podemos decir que una enseñanza que no afirme al hombre en lo más esencial, ni ayude a que haga buen uso de sus facultades, debe descalificarse por no promover lo más esencial y específico de la educación.
En segundo lugar, se debe enseñar a tener ideales. El hombre se encamina a la consecución de un objetivo cuando lo considera conveniente y digno para él. El ideal atrae los actos del hombre, lo mueve a la conquista, y da sentido a su vida. La presencia y fortaleza del ideal asegura una acción continua tras su logro.
En la adolescencia es cuando surgen los ideales con mayor fuerza; este es un momento privilegiado para infundir las ilusiones que disponen a la voluntad a actuar en función de las grandes metas. Se puede preparar el terreno para el asentamiento de los verdaderos y grandes ideales fomentando, en principio, pequeñas ilusiones. Una vez acostumbrado el joven a vivir y actuar en función del logro de metas ha de intentarse que sea un gran ideal el que lo mueva a actuar.
Pero no basta con tener ideales, es necesario también por último, que la voluntad se determine en la consecución de lo que la inteligencia le presenta como bueno y permanezca actuando en esa dirección. Es necesario, por tanto, educar y fortalecer la voluntad porque una voluntad firme es el mejor medio, en lo humano para forjarse a sí mismo.
Lo que perfecciona al hombre es el libre ejercicio de sus potencias movidas por la voluntad, que ha de estar guiada, a su vez, por la razón, y no por el sentimiento, los estados de ánimo o el capricho. En esta tarea cumple un papel importante el enseñar a cumplir con el deber, a ser perseverantes y a enfrentar, con decisión, las dificultades que en uno u otro grado siempre nos presenta el misterio de la vida.
RESUMEN
Este artículo considera, en primer lugar, el desafío que plantea la crisis valórica de la sociedad contemporánea a la formación del hombre en el nuevo milenio. Luego hace un análisis del concepto de educación inspirado en el pensamiento de santo Tomás de Aquino, en el cual se conjugan las nociones de “naturaleza”, “libertad” y “cultura” como notas fundamentales que especifican la acción humana y dan sentido a la acción educativa. Determina como fin primordial del proceso educativo el desarrollo de las virtudes morales y los valores, destacando su conexión con la felicidad, la afectividad, la vida y el trabajo. Concluye enunciando algunas consecuencias prácticas que se siguen de los temas revisados en el cuerpo central. |