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El padre (El papel del padre)
 

Revista Ser Padres - Marzo 2004 - nº 352
serpadres@gyj.es

 

Muchos hombres se sienten alejados de la crianza y educación de sus hijos. A menudo, expresan una escondida tristeza ante este vago sentimiento de no pertenecer realmente al entorno familiar íntimo. Huyen de ella refugiándose en el mundo del trabajo o el deporte, donde se sienten seguros y donde no tienen que competir en un área para la cual no han recibido ninguna educación.

Temerosos de perder el respeto de sus congéneres, se aferran a unas posiciones incoherentes y pierden la oportunidad de cumplir su función de padre y de hombre allí donde más se les necesita. Esta actitud, residuo de las tradiciones machistas de antaño, es responsable de una gran cantidad de infelicidad: mujeres e hijos infelices se sienten abandonados por maridos y padres igualmente infelices e incapacitados para asumir su función de dar apoyo, de educadores y de amantes. La educación y crianza de los niños es algo que se hace entre la madre y el padre, entre lo masculino y lo femenino. La falta de un modelo u otro implica un desequilibrio en la realidad de los niños que luego los marca en su forma de ser y en su forma de relacionarse con los demás. El seno de la familia es un lugar que necesita de la presencia y la sensibilidad del hombre y de su forma de ser masculina.

Sociabilización

A medida que el bebé va creciendo y madurando, su necesidad excluyente de la madre va disminuyendo. Empieza a apartar la mirada de ella para mirar a su alrededor. Allí es donde el padre empieza a adquirir una nueva importancia, ya no tanto como proveedor, sino como persona, como hombre y como padre.
Todo niño necesita de esta presencia, una presencia diferente, masculina, que no envuelve como la madre, sino que enseña, que abre horizontes.

La presencia del padre ayuda a dar una imagen más completa del mundo porque la relación del bebé con él no es de dependencia. El padre no es alguien a quien necesite desde el punto vista físico, sino que la relación con él es de mutuo acuerdo y, como tal, pone las bases del sentido gregario y de amistad del ser humano.
Los juegos del padre, más bruscos, más agitados, abren una nueva vía para el bebé, una vía donde no se trata tan sólo de amor, contacto, nutrición, sino también de descubrir lo que hay allí fuera, de abrirse a impresiones nuevas, excitantes, tal vez peligrosas...

La madre puede temer esta intromisión: «No seas tan bruto, ten cuidado, le vas a hacer daño...». Pero el deber del padre es seguir con los juegos, propiciar el proceso de separación entre el bebé y la madre, pues para poder seguir su proceso natural de maduración, el bebé, niño y niña por igual, tiene que poder experimentar todos los aspectos de la vida: la parte femenina de protección, de seguridad y calor, y la parte masculina de apertura, de correr riesgos y de explorar nuevos mundos. Con la ayuda del padre, el bebé se da cuenta de que existe un tercero, de que el universo no se limita sólo a él y a su mamá, de que hay algo allí fuera que es interesante y que vale la pena conocer.

Qué hacer.
Las formas de jugar de un padre comprometido pueden ser varias: soplar ruidosamente en la barriga del bebé, abrazarlo, achucharlo, revolcarse con él en el suelo... Por supuesto, debe participar en las tareas diarias, como darle de comer, bañarle, cambiarle los pañales y todo aquello que implique un contacto.

Mamá consuela al niño si no consigue su objetivo; papá le alienta a insistir

La edad preescolar

En la edad preescolar la función del padre sigue siendo la de abrir y enseñar cada vez más mundo a sus hijos. Con su tendencia a dar más libertad a los niños para investigar y descubrir, facilita el desarrollo de la curiosidad y las ganas de conocer, así como la autoconfianza y autoestima.

Cuando un niño pequeño se pone a llorar de frustración por no conseguir un objetivo, la reacción típica de la madre suele ser la de alzarlo y consolarlo, mientras que la del padre es de incitar al pequeño a probar otra vez y ayudarle para que lo consiga. Esto es un ejemplo de cómo la manera paterna de apoyar la realización de tareas a veces difíciles ayuda a desarrollar la capacidad de resolución de problemas.

En su libro, el doctor K. D. Pruett cita a un maestro de escuela que explica: «Puedo identificar a los niños ¿de buenos padres¿ por su confianza en sí mismos y su disposición a probar cosas nuevas».

También para el proceso de la primera maduración sexual de sus hijos la importancia del padre es considerable. En este caso, tal vez no tanto por su forma especial de actuar como por el hecho de ser un hombre, con todo lo que esto significa. Cuando aprenden a diferenciar sus genitales de los demás órganos y a compararse con los adultos de su entorno, los hijos varones utilizan a su padre como modelo de cómo hay que ser.

Para las hijas, el padre es el objeto de sus primeros ejercicios de seducción. El reconocimiento del padre de la hombría de su hijo o de la feminidad y los encantos de su hija es esencial para que estos puedan desarrollar una autoestima y una identificación sexual consistente.

Comparando a su madre y a su padre aprenden también a reconocer sus diferentes formas de ser y de actuar, sea en casa o fuera de ella, y a través de su forma de identificase con ellos se asienta su futura capacidad de formar pareja, de poder amar y aceptar ser amado por una persona del sexo opuesto.

Qué hacer.
Los padres emocionalmente maduros ven con cariño y diversión los intentos de seducción de que son objeto por parte de sus hijas. Con delicadeza y buen humor fomentan su expresión, al mismo tiempo que la dirigen hacia objetos propios de su edad.

El hijo en edad escolar

Cuando se habla de educación se suelen confundir dos cosas: una es la forma de estar con los niños, y otra la forma de adiestrarlos para su adaptación al contexto social vigente y para sus futuras necesidades económicas. La importancia de una presencia paterna positiva durante todo el proceso de aprendizaje y escolarización ha sido ampliamente comprobada mediante una larga serie de estudios científicos en muchos países.

En su libro, el doctor Pruett describe cómo la presencia paterna durante las diferentes etapas del desarrollo de sus hijos tiene una influencia decisiva en la motivación, la capacidad de aprender y la comprensión durante toda la escolarización. Por otro lado, también se ha comprobado que la presencia paterna únicamente autoritaria y disciplinar tiene un efecto negativo sobre el desarrollo emocional y cognitivo de los hijos. Como en muchas otras cosas, el término medio es el más adecuado. El padre comprometido es un referente positivo para sus hijos. Es capaz de mostrar amor y sentimientos, de tocar y abrazar a sus hijos e hijas, pero también de imponer el orden y una estructura estable en sus vidas.

Qué hacer.
Lo ideal es que el padre se involucre activamente junto con la madre en todos los aspectos de la educación de sus hijos. Debe ir a las reuniones escolares, interesarse por conocer a los amigos y amigas de sus hijos y también tomar parte en sus trabajos y logros. Del mismo modo, también tiene que involucrar a los hijos en su propia vida, enseñándoles dónde trabaja, qué hace, hablando de su trabajo con ellos y haciéndoles partícipes de todas las áreas específicas de la vida adulta.

Adolescencia

Ahora necesitan al padre como apoyo, pero también para rebelarse contra él

Es una época tremendamente importante, sensible y caótica para el ser humano. Aunque parezca que el niño ha adquirido una gran autonomía en comparación con las etapas anteriores, lo cierto es que necesita más que nunca de la presencia de sus padres para guiarle a través del laberinto de emociones e impresiones propias de este periodo de la vida.
Los cambios psíquicos y físicos que acompañan la adolescencia implican un mayor entendimiento de las cosas; es decir, que las reglas que hasta ahora no se cuestionaban quedan en entredicho, la supremacía intelectual, física y moral de los padres ya no es creíble y el orden de la realidad ya no tiene la base segura de antes.

Los cambios fisiológicos son profundos y desconocidos. El flujo de hormonas sexuales provoca impulsos y deseos con una fuerza hasta ahora desconocida. El cuerpo crece y adquiere nuevas formas a velocidad vertiginosa. Cosas que antes carecían de importancia son ahora vitales: la ropa, las apariencias, las relaciones con los compañeros del sexo opuesto, etc.

En este caos de rebelión y aparente seguridad, el adolescente, chico o chica, necesita la tutela benévola de su padre, que delimite el mundo y enseñe con sus palabras y su forma de ser el camino hacia la edad adulta.

A menudo se cree que los adolescentes tienen ya las habilidades necesarias para desenvolverse sin ayuda. Engañados por su aparente autonomía, así como por su insistencia en que no los necesitan, los padres prefieren a veces evitar la confrontación directa y dejar que hagan lo suyo sin meterse.

Pero cuando tiene toda la libertad del mundo, en lugar de sentirse bien, el adolescente puede sentirse abandonado y decepcionado.
Para su desarrollo emocional necesita sentirse libre, pero también apoyado, con unos límites claros y la conciencia de que sus padres están allí, que se ocupan de él y que están siempre dispuestos a protegerle, incluso contra sus propios impulsos cuando sienten que las cosas se desmadran.

El adolescente, chico o chica, necesita la presencia tranquilizadora de su padre, pero también lo necesita para tener a alguien contra quien rebelarse, alguien que sea capaz de resistir a sus ataques y de mantenerse firme contra viento y marea.

A esta edad los jóvenes pierden fácilmente el rumbo y se pueden meter en problemas. La presencia cálida, abierta y paciente del padre, así como su ejemplo, es clave para que los impulsos potencialmente destructivos se inviertan en cosas más positivas.

Paciencia, una mente abierta y comunicación, una comunicación que implica la capacidad de compartir con los hijos una parte creciente de las decisiones y de la gestión familiar.

Qué hacer.
Durante la preadolescencia y la adolescencia, el padre tiene todo un abanico de responsabilidades. Idealmente, el padre comprometido intenta pasar momentos a solas con sus hijos e hijas adolescentes, es decir, sin el resto de la familia. Se interesa por hacer cosas juntos, por hablar y escucharlos, por compartir sus opiniones con ellos y apoyarlos en sus intentos de ser adultos. También conviene hacerles participar en las decisiones familiares y otorgarles (a veces a la fuerza) tanta responsabilidad como puedan asumir sin que por ello los chicos sientan que están siendo dejados a la deriva.